GAUMET FLORIDO
Estuve estos diÌas fuera de España, en un paiÌs amigo, europeo, pero de idioma ininteligible. ViviÌ una semana desconectado de la actualidad, salvo cuando escuchaba de pasada la radio. Y entre palabra y palabra de alambicada pronunciacioÌn, siempre supe cuaÌndo hablaban de Tailandia.
Este nombre siÌ que se entendiÌa. Y entonces suponiÌa que en ese paiÌs acaparaba titulares el agoÌnico rescate de los 12 chicos y el entrenador de un equipo de fuÌtbol que llevaban atrapa-os dos semanas en una cueva inundada de ese estado. Por suerte, y sal- vo la triste muerte de un voluntario, sus familias, Tailandia y el mundo, que respiraron minuto a minuto esa tensioÌn, se libraron de una tragedia y esta historia tuvo final feliz.
Se implicoÌ un equipo internacional de buzos llegados de otros paiÌses, de Gran Bretaña, Australia, Estados Unidos, China o Israel, que colaboraron de forma activa en la buÌsqueda. Y presidentes de Gobierno, desde Trump a Pedro SaÌnchez, se congratularon puÌblicamente de la buena nueva. Hasta la FIFA les ha invitado a presenciar en directo la final del Mundial de FuÌtbol en MoscuÌ.
Este rescate fue un ejemplo de solidaridad internacional, entre otras cosas, porque los medios de comunicacioÌn les pusimos el foco. Es entonces cuando no puedo evitar acordarme de otros tantos niños que el mundo sabe que lo pasan mal, como los cientos que han muerto ahogados en el MediterraÌneo buscando un futuro mejor en Europa mientras esta, o mira para otro lado, o lo que es peor, directamente los desprecia; los que son vendidos como esclavos en AÌfrica; los que son obligados a prostituirse para extranjeros indeseables e inhumanos, curiosamente, en ese mismo paiÌs donde se produjo el rescate, o los que son usados como soldados.
Es evidente que las casuiÌsticas son muy distintas, enormemente maÌs complejas, y que afectan a generaciones enteras de infantes de medio mundo, millones de niños, pero confieso que he envidiado la implicacioÌn internacional de la que gozoÌ este episodio. Puede que ni siquiera lograÌramos solucionarlo, sin embargo, demostrariÌamos al menos que la humanidad es digna de llamarse como tal. La sensibilidad que despertoÌ el cuerpito fraÌgil de Aylan ahogado en una playa turca fue solo un espejismo.
Gaumet Florido es periodista y redactor del diario Canarias7 en Telde.


























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