ABEL A. DÍAZ
Decía José Ortega y Gasset que “Los hombres no viven juntos porque sí, sino para acometer juntos grandes empresas”, empresas, añado yo, que en la mayoría de las ocasiones trascienden a meros intereses personalistas, y que nacen de la búsqueda comunitaria del progreso. Sobre el progreso el mismo autor expresa que “sólo cabe cuando se piensa en grande, sólo es posible avanzar cuando se mira lejos”. ¿Puede que hayamos perdido la capacidad de mirar de lejos?
Mirar de lejos, a mi entender, es ver las consecuencia las decisiones que hoy tomas, trascender al conjunto de voluntades individuales para observar el sentir común y, desde ese lugar, retomar el rumbo pensando en grande. Cuando los grupos, ya sean colectivos, asociaciones, ciudades, empresas o partidos políticos, viven aferrados a las voluntades propias de cada uno de sus miembros, sin tener en cuenta lo que el mundo demanda, la guerra está servida.
La guerra de la competencia mal entendida, aquella que sólo bebe de destruir, menospreciar y vilipendiar al que considera su enemigo, siendo a veces incluso miembro de su mismo grupo. La guerra por sobresalir sin más razón que la necesidad desmedida de hacerlo, porque en una situación de decadencia creen los frustrados que conviene luchar por las pocas monedad que quedan en el reino. La guerra, que al fin y al cabo nos empobrece a todos un poco más; pero en esa guerra yo no entro, no como un decisión tomada desde la necesidad de supervivencia, sino como un acto de responsabilidad hacia la sociedad en la que vivo. Más allá de la guerra de perdedores, elijo formar parte de la lucha de aquellos que trabajan por un proyecto común, desde el afán por sumar voluntades y llegar acuerdos.
La lucha de los que creemos en unos ideales y que, sin perder la flexibilidad suficiente que nos permite seguir creciendo, trabajamos con tesón siendo coherentes con ellos. Una lucha sincera y llena de ilusión en la que cada mano cuenta, cada pequeña voluntad que se suma a la fuerza de este inmenso mar, cada gran gesto de apoyo y hasta la última de las palabras de aliento de aquellos que nos acompañan en el camino.
Más allá del desánimo, queda mucho por hacer y, más que eso, para los que creemos en un futuro más justo, queda todo por hacer. Sigo creyendo en la posibilidad de conseguirlo, y permítanme una vez más citar el filósofo y ensayista español porque igual que él creo que “la vida es una serie de colisiones con el futuro; no es una suma de lo que hemos sido, sino de lo que anhelamos ser”.
Abel A. Díaz Martel es presidente de la Federación de Colectivos de Telde (Fedec).





























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