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Un socorrista de ProActiva con un bebé en los brazos (Foto TA) Un socorrista de ProActiva con un bebé en los brazos (Foto TA)

"Es difícil explicar lo que siente al estar allí"

Tres socorristas que trabajan en el municipio y han viajado a Lesbos para ayudar a refugiados

cojeda Domingo, 14 de Febrero de 2016 Tiempo de lectura:

TELDEACTUALIDAD

Telde.- Tres socorristas que trabajan en el municipio y han viajado a Lesbos para ayudar a refugiados. Relatan que la situación que se vive a diario es impactante. La masiva llegada de niños es lo más difícil.

 

José Luis Esmoris, Juan Manuel Dávila y José Carlos Gutiérrez son tres de los seis socorristas de Proactiva en Telde que han acudido a Lesbos ante la avalancha de refugiados. Lo que ven les impacta, pero los más terrible es la difícil decisión de tener que elegir a quién sacar primero del agua Son profesionales del rescate y están preparados para la tensión, pero lo que se vive en la zona de Skala Sikamineas, al norte de la isla griega de Lesbos, no aparece en ningún manual.

 

Su misión es salvar vidas y no por trabajo, sino por vocación. Para Dávila y Gutiérrez el viaje que realizaron en diciembre y enero con la ONG Proactiva Open Arms significaba su primera vez en el mar Egeo, y la segunda para Esmoris. Reconocen que lo que más les impacta cuando llegan son los miles de chalecos abandonados junto a embarcaciones rotas en la costa.

 

Pero eso pasa a un segundo plano casi al instante. La llegada de refugiados es tan frecuente y los rescates tan agotadores que ya después no tienen tiempo ni para el asombro, solo les quedan fuerza para ayudar. «Es difícil explicar lo que siente al estar allí, contarlo no es lo mismo que vivirlo» apunta José Carlos. Les resulta imposible ponerle palabras a las situaciones angustiosas, a la imagen de ver que las personas cuando llegan levantan a los niños para que sean los primeros en desembarcar. La masiva llegada de menores es lo más difícil de digerir, porque muchos llegan con hipotermia por los 5 grados, que bajan a -7 durante la noche. Viajan con tanta ropa que cuando se caen al agua apenas puedan darse la vuelta y los chalecos son casi de juguetes. Lo peor es la tensión de tener que elegir a quien sacar primero del agua. La decisión tiene que ser muy rápida. «No vas primero a los que más gritan, sino al que ves que llega con tan pocas fuerzas que ni siquiera puede gritar», rememoran.

 

Las mafias, explican, les cobran 1.000 euros a cada uno por cruzar los 8 kilómetros que separan las costas turcas de las griegas en condiciones precarias. Sin embargo, si el mar está malo le rebajan el precio. Los que menos tienen son las que más arriesgan.

 

Gutiérrez y Esmoris estaban en Lesbos durante la detención de varios voluntarios, que provocó que las autoridades dieran la orden de que nadie interviniera. Fue entonces cuando sucedió uno de los momentos que Gutiérrez no puede olvidar. Estuvieron 40 minutos dando vueltas alrededor de una embarcación donde había personas con evidentes síntomas de hipotermia. Le llamó la atención una niña de unos 4 o 5 años que terminó falleciendo, mientras ellos no podían hacer nada para evitarlo. Aún se culpa por no haber desobedecido y al menos intentar salvarla. Se le ha quedado grabado en la mente. Pese a las dificultades, «ayudar engancha», dice Gutiérrez, que junto con Dávila no duda ni un instante en asegurar que si fuera por ellos regresarían de forma inmediata, mientras miran con expectación a Esmoris, que al ser el coordinador de Proactiva en Canaria es quién lo decide.

 

Otros compañeros como Humberto Rodríguez, Daniel Suárez o Jonathan Ramos han vivido o están viviendo esta experiencia. Siguen sin entender cómo la comunidad internacional permite esta situación, no sólo la tragedia en aguas del Egeo, sino en los países de origen. Cuando desembarcan no tienen miedo y les aseguran que nada de los que les pase «será peor de lo que sucede de donde vienen», dice Esmoris.

 

Fuente: Texto de Cristina González (C7)

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