MANOLO OJEDA
Querido amigo. Antonio era un tipo realmente generoso. Tenía, además, la virtud de ser muy discreto y nunca alardeó de los muchos favores que hacía. Y no es que fuera millonario, era un hombre más bien modesto, pero hacía todo lo que podía por ayudar a los demás, por eso se ganó el apodo de "Antoñito el nuestro".
Cuando ya era bastante mayor, le preguntaron por lo que pensaba hacer en los años que le quedaban de vida, y él, en un exceso más de generosidad, contestó: "Me gustaría hacer tantos favores a la gente que el día que me muera se alegraran de no tener ya que devolvérmelos..."
Hay una edad en la vida de cada uno en la que ya solo te interesa la parte buena de las cosas, cuando todo lo haces por la satisfacción que te produce. Es una clase de "egoísmo" que te puedes permitir cuando ya no ambicionas grandes cosas, cuando ya no te queda tiempo para mantener rencores ni enemistades. Y es que no podemos estar más pendientes de nuestros enemigos que de nuestros amigos.
Recuerdo una vez que me encontré con alguien que, por sus facciones, debía ser una persona que conocía muy bien. No conseguía recordar quién era pero su cara me resultaba familiar. De entrada, él parecía querer disculparse, pero yo le seguía hablando con la afectividad que correspondía a una persona que me parecía conocer bien. Eso, hasta que me di cuenta de que se trataba de un personaje que me había hecho una reclamación tremenda en los tiempos que trabajaba de relaciones públicas en el aeropuerto... Por eso me sonaba tanto su cara.
Vicente era un peninsular bastante fantasma, de esos que por aquí llamamos godos, y una noche que se unió a nosotros a tomar unas copas en San Gregorio, uno de los amigos se despidió diciendo: "Me voy, que todavía tengo que llegar al Castillo".
Entonces Vicente, muy impresionado, comentó: "Caramba, no sabía que vuestro amigo viviera en un castillo. Debe ser un descendiente de la nobleza española afincada en Canarias después de la conquista". A lo que los amigos contestaron: "Que nobleza ni qué ocho cuartos, lo que dice es que tiene que llegar al Castillo Romeral, que es donde vive..."
Menudo trago para el "señorito" y que diferencia la de "Antoñito el nuestro". Y es que la sencillez, siempre ha sido más fácil de llevar.
Un abrazo y hasta pronto, amigo.
Manolo Ojeda es natural de Telde y galerista de Arte.



























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