TELDEACTUALIDAD
Gran Canaria.- Una olla, un tostadero de castañas o un lebrillo son algunas de las creaciones que, paso a paso y con esmero, nacen de las manos de los jóvenes aprendices del oficio de alfarero en el curso con el que el Cabildo cierra la programación de este año en La Sala de la Fedac, si bien los talleres prosiguen por el resto de municipios.
El Cabildo ha convertido La Sala en escuela artesana para acercar los oficios tradicionales a la ciudadanía de las manos de artesanos en activo, destaca la consejera de Artesanía de la Institución insular, la teldense Minerva Alonso.
Los alumnos aprenden también a elaborar platos, vasos, cazuelas de vino, jarras de agua y otros muchos utensilios que muchas familias usan en sus casas para cocinar, comer y mantener el agua fresca.
Además, realizarán piezas de la alfarería aborigen, más antigua que la tradicional y que está representada por piezas de formas más extrañas y, en ocasiones sin uso conocido, asegura la artesana Mila Ríos, que aprendió el oficio hace 15 años en una universidad popular de la capital grancanaria y lo perfeccionó con maestros alfareros de La Atalaya de Santa Brígida.
Los alumnos comienzan su trabajo a partir de un cubo de barro isleño compuesto por agua, arena y tierra, que en este caso ha sido recogido de Teror, aunque en otras ocasiones los alfareros buscan diferentes tonalidades en barros de lugares como Santa Brígida u Hoya de Pineda.
La mejor cualidad del barro isleño reside en la ausencia de otros materiales en su composición, por lo que las piezas no aportan minerales ni residuos a las comidas que en ellas se elaboran o a las bebidas que albergan.
A partir del cubo de barro, los alumnos comienzan a realizar la base sobre la que, con la colocación de churros de barro, irán formando la pieza en un proceso que va por fases, desde el levantamiento hasta la cocción pasando por el desbastado, la alineación con agua, el raspado y el bruñido.
Después, cada pieza debe mantenerse a la espera para que el barro termine de secarse durante unos días antes de entrar en el horno, a 800 grados de temperatura, de donde salen ollas en las que un potaje de berros adquiere un gusto especial y lebrillos donde la pella de gofio sabe mejor.



































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