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Imagen de La Isleta de finales del siglo XIX/Archivo. Imagen de La Isleta de finales del siglo XIX/Archivo.

Isleteños o isleteros

direojed Miércoles, 22 de Septiembre de 2021 Tiempo de lectura:

(Dedicado a la Sra. Dña. Andrea Hernández y Monagas).

Ahora que lo pienso, ya hace más de una veintena de años, que recibí en la Casa-Museo León y Castillo a un señor que portaba en sus manos el fruto de su larga y concienzuda investigación histórica.

 

Se trataba de un volumen escrito a máquina en el que se explicaba con toda suerte de detalles el poblamiento de uno de los barrios más populares de Las Palmas de Gran Canaria: La Isleta. A los grandilocuentes académicos de nuestras universidades les parecerá pecata minuta trabajar tanto tiempo sobre un espacio tan reducido. A diferencia de ellos, este cronista está convencido de que todo elemento histórico tiene valor por sí mismo y que el trabajo del investigador debe ser siempre reconocido.

 

Pronto entablé una larga y fructífera conversación en la que mi interlocutor me aportaba todo su saber y yo modestamente los míos. Resumiendo mucho nuestra larga charla que duraría aproximadamente unas tres horas, debo decirles estimados lectores, que el resultado bibliográfico que se me presentaba daba para mucho y sobre todo venía a colocar de manera definitiva las diferentes piezas de un puzle, que veníamos armando desde hacía algún tiempo.

 

La investigación se basaba en el estudio pormenorizado de los libros sacramentales de la Parroquia de La Luz, cuya sede se encuentra a los pies mismos del barrio isleteño, a un tiro de piedra del célebre castillo de su mismo nombre y hoy algo apartada del mar, que en el pasado lamía sus cimientos.

 

Mi buen amigo preocupado por buscar sus orígenes, indagó una y otra vez en los libros de bautismo, matrimonio y defunciones. Pronto se dio cuenta del potencial que tenía ante sus ojos, pues los sacerdotes cuidadores y párrocos de La Luz habían dejado constancia, como era norma exigida por el derecho canónico, de la procedencia de los fieles allí consignados en calidad de padres, padrinos y en el peor de los casos, difuntos.

 

El barrio de La Isleta tanto en el pasado lejano, como en el más o menos reciente, siempre ha estado vinculado con las actividades portuarias. De ahí que, cargadores, porteadores, transportistas, cambuyoneros, carpinteros de ribera, almacenistas, pequeños comerciantes y dueños de bares, cafetines y bochinches, todos ellos dependían del Puerto para el sustento de sus familias.

 

Pero bien está que intentemos remitirnos al principio de la segunda mitad del siglo XIX, cuando un estudiante de derecho de la Universidad Central de Madrid, el teldense Fernando León y Castillo, escribiera un clarividente artículo sobre el futuro Puerto de la Luz a levantar sobre el fondo arenoso de la Bahía de las Isletas. El entonces periodista en ciernes comentó que allí, en aquellas playas escasamente pobladas, en donde sólo habitaban humildes pescadores, nacería una ciudad nueva fruto del comercio y del ir y venir de viajeros que, por su natural desarrollo, pronto se uniría a la capital grancanaria tras ser también edificado el estrecho istmo de Guanarteme.

 

Este escrito publicado en el periódico Las Canarias, ha sido calificado de verdadera partida bautismal de nuestro internacional Puerto de Gran Canaria, defendido por todos y magistralmente cantado por el poeta modernista Tomás Morales:

Puerto de Gran Canaria sobre el sonoro Atlántico, con sus faroles rojos en la noche calina, y el disco de la luna bajo el azul romántico rielando en la movible serenidad marina…/ Silencio de los muelles en la paz bochornosa, lento compás de remos en el confín perdido, y el leve chapoteo del agua verdinosa lamiendo los sillares del malecón dormido…/ Fingen, en la penumbra, fosfóricos trenzados las mortecinas luces de los barcos anclados, brillando entre las ondas muertas de la bahía…/ Y de pronto, rasgando la calma, sosegado, un cantar marinero, monótono y cansado, vierte en la noche el dejo de su melancolía…

 

Basándonos en las palabras del gran patricio León y Castillo, podemos afirmar que sin Puerto no habría barrio de la Isleta. Pero también podríamos decir que gracias a los isleteños se construyó esa gran infraestructura marítimo-terrestre.

 

Entre otros muchos, destacamos la defensa a ultranza de las obras portuarias llevadas a cabo por el periodista Jordé y también por el no menos prestigioso don Carlos E. Navarro Ruíz.

 

Cuando la empresa inglesa Swanston and Company ganó el concurso para la construcción del Puerto de la Luz, se publicó por varios medios la amplia oferta de trabajo que a partir de ese momento, se haría efectiva. Los obreros cualificados o no debían presentarse en las oficinas de la constructora y allí con el solo aval de su presencia y disponibilidad se les haría un contrato que los vincularía a dichas obras hasta su término. Ni decir tiene que tal noticia corrió como la pólvora por todos los barrios más populares de Las Palmas de Gran Canaria y, desde San José a San Antonio pasando por San Nicolás y San Juan, cientos de hombres se presentaron para ocupar los trabajos y oficios más diversos. Estos primeros llamaron a parientes y conocidos de medianías y cumbres, lo que hizo visible el éxodo constante de muchos jóvenes de la Gran Canaria interior.

 

Comienzan las obras y cuando todavía no se había avanzado en las mismas, un día y otro también resultaban heridos o muertos por ahogamiento aquellos obreros dispuestos a todo con tal de no perder el sustento familiar. El ingeniero jefe de la obra, don Juan León y Castillo, debe buscar una inmediata solución al grave problema que se les ha presentado. Teniendo entonces una felicísima idea. Si entre los pescadores de la Isleta no había habido ningún muerto por ahogamiento, esto significaba que junto a la capacitación laboral se debía unir la destreza del obrero para nadar o por lo menos para mantenerse a flote si caía al mar. Sabiendo de la existencia de más de un centenar de familias de marinos en Telde, habitando las calles y callejones más cercanos a la por entonces Plaza de Arauz, más tarde Parque de León y Joven y hoy Franchy Roca, decidió ofrecer a todos los marinos en edad laboral un trabajo bien remunerado. Eso sí, debían trasladarse a pie de obra con sus familias, arraigándose allí una población que, en un primer momento, se dedicarían a construir el Puerto y más tarde, ya asentados en el lugar, dedicaron sus vidas y las de sus descendientes a atender los diferentes oficios portuarios antes expuestos.

 

De ahí que no ha de extrañarnos que casi ciento cincuenta familias teldenses vieran en el Puerto de la Luz su presente y futuro, estableciéndose de forma continuada en los solares aledaños a la Iglesia y Castillo de La Luz. Así lo atestigua la investigación de nuestro amigo Medina Sanabria, cuando comprobó en los ya aludidos libros sacramentales que en ellos constaban que los padres del neófito a bautizar y también sus abuelos eran de Los Llanos de Telde. Y en el caso de los difuntos, se aludía a que el propio finado fuera teldense o que su esposa, suegros y padres lo eran o lo habían sido.

 

Miren por donde no solo contribuyó Telde al Puerto de la Luz a través de los hermanos León y Castillo, sino con un buen puñado de obreros que año tras año, trabajaron en sus obras y más tarde en su desarrollo mercantil. En buena parte los hombres valientes del Muelle Grande, como dice la célebre canción popular fueron teldenses de pro. Aunque para ser justos tenemos que reseñar que también los hubo de otras localidades grancanarias, así como majoreros y conejeros.

 

Antonio María González Padrón es licenciado en Historia del Arte, cronista oficial de Telde, Hijo Predilecto de esta ciudad y académico correspondiente de la Real Academia de la Historia.

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