Era viernes 30 de julio de 2021 cuando nos encontrábamos en el interior de la Iglesia Conventual de San Francisco de Asís, en la ciudad de Telde, Gran Canaria.
Días antes, el Sr. Cura Párroco de la Matriz de San Juan Bautista me había llamado por teléfono para pedirme un favor: Debía acudir al antiguo templo franciscano, pues una empresa de desinfección iría a evaluar la perentoria situación del mismo, como lo había hecho con anterioridad otra empresa del mismo ramo. El Cabildo de Gran Canaria estaba seriamente preocupado y no menos alarmado ante la situación que presentaban los techos y demás elementos de madera, debido a la continua acción destructora de los xilófagos.
Después del pormenorizado análisis de la situación, despedí a los operarios. Cuando ya estaba dispuesto a bajar las palancas de la luz eléctrica y dar por concluida nuestra estancia en el lugar, cerrando la enorme puerta de su entrada, vi como dos parejas de notoria diferencia de edad entraban y, no exentos de asombro, miraban y remiraban cada uno de los detalles que conforman el bellísimo legado histórico-artístico de los herederos del Pobrecillo de Asís.
Como sé lo frustrante que es llegar a un sitio y verlo cerrado o a punto de cerrarse, me dirigí a ellos de manera hospitalaria, diciéndoles con la mejor de mis sonrisas que me esperaría unos minutos con tal que ellos pudieran ver todo aquello que se les apeteciera. Mi vocación de Cronista de la Ciudad pronto se adueñó de mi voluntad y empecé a explicarles éstos y otros detalles, que a mi parecer, podría interesarles. Y mientras esto hacía con tres de nuestros visitantes, de reojo miré al cuarto, que parado frente al Santo Cristo de la Agonía, extasiado ante la imagen lacerante, movía sus labios a manera de oración. Llegué a él y le pregunté si le gustaba la bella talla del Crucificado, la cual había llegado a nuestra ciudad en pleno siglo XVII.
De pronto, ya estaba puntualmente informado de quienes eran: el matrimonio mayor, padres de la joven que los acompañaba, procedían de Sevilla. El otro, también joven, era un aruquense. Después de hablar unos instantes, el de más edad me dijo a manera de petición ¿podría cantar una saeta? Y yo, emocionado de antemano por lo que iba a ser una de las experiencias más bellas de mis treinta y tantos años de Cronista Oficial de Telde, contesté rápidamente ¡Claro que sí, por supuesto!
Se hizo el silencio. Todos quedamos como petrificados mientras de la profunda garganta del intérprete de la saeta, salían los primeros quejidos, fruto de un alma penitente que, por medio de este canto hondo y desgarrado, deseaba expresar sus más profundos sentimientos ante ese Hombre-Dios entregado en muerte ignominiosa por los pecados de la Humanidad. A ciencia cierta no sabemos cuanto duró la saeta ¿Acaso tienen medidas de tiempo los gestos inmortales? No, claro que no.
El templo vibró gracias a esa acústica ya valorada sobremanera por tantos músicos y cantantes líricos y folclóricos.
En un arrobamiento total, don Antonio Pérez Benito, miraba al Cristo centenario y con natural devoción le decía cuanto su alma le dictaba.
Más allá, cerca de la puerta de entrada, una pareja de extranjeros miraba atónitos. Tal vez se preguntaban qué era lo que estaba pasando. Ellos, nórdicos y luteranos como supe algo después, no sabían de la existencia de la saeta, pero en un español chapurreado y lleno de infinitivos, me dijeron que les había llegado muy hondo. Pues, aunque no entendieron ni una sola palabra, sí se quedaron prendados del rostro compungido y con ojos llorosos de aquel cantador natural de Utrera, que supo cantar a ese Jesús de Nazaret crucificado entre los ladrones, una saeta por seguidilla y toná.
Antes de mi parlamento con los guiris hablé unos instantes con esa familia andaluza-canaria y supe de ellos y el por qué de la afición de don Antonio a cantar saetas.
Les expliqué que en Telde era tradición celebrar la Semana Santa por todo lo alto. Y que, si bien hoy no había tantas procesiones como antes, se seguía manteniendo la llamada Magna o de los Diez Tronos. Al recorrer ésta las calles de la Zona Fundacional, desde azoteas, balcones y ventanas se lanzaban multitud de pétalos de flores. Y desde muy antiguo se alquilaban las voces de las mujeres de los guardias civiles, en su mayoría andaluzas, para que le cantasen saetas a éste mismo Cristo y a Nuestra Señora de la Soledad, imagen de vestir, salida de la magistral gubia del escultor guiense José Luján Pérez.
Más recientemente, aunque ya la tradición cumple algo más de cuarenta años, son voces canarias de mujeres y hombres las que cantan por malagueñas la injusticia de ver morir a un inocente, así como la tristeza suprema de una madre que es testigo de ese horrendo crimen del Monte Calvario.
Este Cronista no quiso pasar por alto esta mística experiencia, porque en ella se refleja el sentimiento profundo de los católicos de a pie, aquellos que no sabrán de altas teologías, pero sí de entregarse en cuerpo y alma a su Dios.
¡Qué pena! ¿Saben ustedes, queridos lectores, que el escenario de esta muestra devocional permanece cerrado los 365 días del año? ¿Y que, hasta aquí llegan centenares de personas a las que se les deja sin ver su interior?
En cualquier lugar de nuestra bendita España, un templo de las características de éste teldense, con mucho menos Patrimonio Artístico, sería de visita obligada para propios y foráneos. Tal vez se hubiese convertido en un museo de Arte Religioso, que a través de sus entradas, podría mantener el buen estado del inmueble y de cuanto en su interior se nos muestra, al mismo tiempo que sufragar el empleo de sus vigilantes. Mientras no logremos ésto, nuestro fracaso como católicos y teldenses seguirá siendo motivo de vergüenza individual y colectiva.
Aquí sobran los folletos y vídeos promocionales, los estand individuales o colectivos de ferias nacionales e internacionales de turismo. Una vez más, lo que se necesita es la voluntad de quienes gobierna lo eclesiástico y lo público para comprometerse en salvar del olvido esta joya de nuestro pasado.
Antonio María González Padrón es licenciado en Historia del Arte, cronista oficial de Telde, Hijo Predilecto de esta ciudad y académico correspondiente de la Real Academia de la Historia.


























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