Statistiche web
El tiempo - Tutiempo.net
695 692 764

Sábado, 07 de Febrero de 2026

Actualizada Sábado, 07 de Febrero de 2026 a las 14:05:49 horas

Playa de Melenara/Fedac. Playa de Melenara/Fedac.

Una estampa del pasado reciente: la playa de Melenara (1920-1975)

direojed Jueves, 30 de Julio de 2020 Tiempo de lectura:

A la memoria de los tertulianos del Gaviotero

El municipio de Telde, como tantos otros de La Gran Canaria, forma un triángulo, cuyos vértices se disponen de la siguiente manera: el superior, en los límites mismos de las estribaciones de La Caldera de los Marteles y los otros dos, es decir, los inferiores, uno al Norte limitando con el municipio de Las Palmas de Gran Canaria, en las arenas mismas de la Playa de Bocabarranco de Jinámar, más conocida actualmente por el falso nombre de Playa de la Condesa; el otro al Sur, en la propia Playa de Gando, exactamente en la desembocadura del Barranco de Aguatona.

 

Tiene nuestro municipio alturas superiores a los mil doscientos metros y más de quince kilómetros de costa con playas de nombres tan sonoros como el propio Atlántico que las baña: Bocabarranco de Jinámar, La Restinga, Bocabarranco Real de Telde, Los Papeles, La Estrella, San Borondón, La Garita (antes Puerto de la Madera), Hoya del Pozo (no confundir con la urbanización recientemente allí establecida a la que se denomina Hoya Pozuelo), Playa del Hombre, El Castellano, Cuevas de Taliarte, Taliarte, Melenara, Las Clavellinas, Las Salinetas, El Hullero o Huyero, Bocabarranco de Silva, Aguadulce, Tufia, Ojos de Garza y Gando, ésta última compartida con el municipio colindante de la Villa de El Ingenio.

 

En otros artículos de igual o parecida información y temática, hemos defendido la evolución, casi constante, de los sólo aparentes inmutables paisajes. Así, ya hemos dejado por escrito cómo la acción de los movimientos geológicos, climatológicos y, en mayor medida humanos, pueden transformar y, de hecho, transforman, las características de los paisajes en plural, sin importar el grado.

 

La popular Playa de Melenara, cuyo nombre se remonta a los albores de la Conquista Castellana, fue considerada, desde siempre, uno de los puertos naturales de mayor utilidad para las embarcaciones de cada época, sin importar sus variados calados. Eso sí, barcos de no excesivo tonelaje. El morro de las Cuevas de Taliarte y su más que cercano Roque de idéntico nombre, hacía que la bahía de Melenara estuviera en parte resguardada de los vientos de componente Noreste, aquellos que en Gran Canaria son casi constantes y que representan Los Alisios. Por el lado Sur, la bahía se abre, casi en su totalidad, por lo que, cuando cambian los vientos y el siroco o viento sahariano se hace dueño de la situación, de poco o nada vale el refugio de dicha playa.

 

Haciendo un esfuerzo mental y queriendo acercarnos a la realidad visual de los siglos XV y XVI y, tal vez algunos anteriores, la zona Taliarte-Melenara-Las Clavellinas eran un conjunto formado por las montañetas o loma acantilada de Taliarte, la playa de arenas negras volcánica de Melenara cortada por dos barrancos o barranqueras, en su parte central y Sur, por el llamado Barranco o Barranquillo del Mondongo (en sus dos salidas al mar). Y la meseta o llanura plana alzada sobre el acantilado circundante denominada Las Clavellinas. ,

 

Existen testimonios de hábitat humanos en la zona desde tiempos prehispánicos así los supimos de los veraneantes más antiguos del lugar. Actualmente arrasado el espacio del que hablamos por diferentes obras urbanísticas y arquitectónicas, muy poco queda de las llamadas casas de los canarios, en donde el protagonismo lo tenían ciertos habitáculos de piedra seca y de formas circulares, muy parecidos al decir de aquellos que nos precedieron, a los que existen, aún hoy, en el morro de La Ballena de la Playa de Tufia. Éstos poblamientos canarii se situaban en la propia montaña de Playa del Hombre-Taliarte en su ladera o banda Sureste, concretamente en donde hoy se levantan los edificios que conforman el Centro para Mayores o Residencia de la Tercera Edad del Cabildo de Gran Canaria.

 

También existieron algunos habitáculos de idénticas características en la zona cumbrera de la propia montaña, en el espacio hoy ocupado por las defensas que el ejército levantó en forma de trincheras en aquel lugar, durante la II Guerra Mundial.

 

En la propia Playa de Melenara en lo que dieron en llamar el campo de futbol, en el espacio existente entre la carretera Melenara-Las Salinetas, hoy Avenida Américo Vespucio y la Avenida Marítima peatonal de Melenara, también hubo varios edificios de pequeñas proporciones y de idéntico origen prehispánico, aunque éstos eliminados al ocuparse todo ese terreno con labores agrícolas XIX y, ya en las Clavellinas, concretamente en el espacio que ocupara la antigua casa de los Blanco León y solares aledaños, también debemos reseñar otro pequeño poblado de solo tres o cuatro casas de piedra seca. Éste tenía la peculiaridad de tener lo que en el decir popular era un lapero, espacio en donde se acumulaban centenares, si no millares, de corazas de esos crustáceos, a los que eran tan aficionados los aborígenes de nuestras islas.

 

En el siglo XVI, las incursiones piráticas hicieron de la bahía y puerto natural de Melenara una alternativa a los desembarcos frustrados por el litoral capitalino. Así, al menos, son recordados por, nada más y nada menos que, el Fénix de los Ingenios, el célebre escritor Lope de Vega, cuando en su obra La Dragontea, relata cómo el soberbio inglés trocó sangre por agua al poner sus hombres los pies sobre nuestra popular playa. Pocos lugares de Canarias fueron motivo de canto exacerbado de tan gran poeta y dramaturgo.

 

Después en los siglos sucesivos, cientos de anotaciones en escritos civiles, militares y religiosos, nos hablan del lugar como referente, casi siempre, a la salida o llegada de diferentes barcos que permitían un más que fluido comercio, entre Telde y la algo lejana Europa. Este puerto, con peores condiciones que las excelentes de Gando, tenía a su favor la mayor cercanía a nuestra ciudad.

 

A finales del siglo XIX y principios del XX, se puso de moda entre nuestros ciudadanos de mayor fortuna, pasar temporadas en la costa a imitación de lo que hacían nobleza y burguesía en las costas peninsulares de nuestro país. En los meses estivales de junio, julio, agosto, septiembre y octubre se contaban por decenas las familias que pasaban los días en casetas de madera al pie mismo de la arena, junto a la orilla de la playa o en casas mejor acondicionadas de este litoral. Si bien los dos primeros meses de los antes aludidos fueron siempre ventosos, en agosto se calmaban los vientos y era un mes muy aprovechable para los largos paseos, los juegos y las tertulias al aire libre.

 

En septiembre, se daban cita las famosas mareas del Pino y, a partir de la segunda quincena, comenzaba un largo periodo de calmas que se extendía por todo el mes de octubre, que en un principio se le daba el nombre de el veranillo del membrillo o veranillo de San Miguel. Nuestros antepasados eran veraneantes de cuatro o cinco meses y no se volvía a la ciudad hasta muy pasado el día del Pilar, o casi cuando ya se anunciaban las fechas de Difuntos y Todos Los Santos.

 

Estos primeros veraneantes visitaban a sus médicos de cabecera antes de empezar la estación estival para que, siguiendo el consejo de los galenos, se pudieran dar los baños de rigor, para así según edad y condiciones físicas se les dictaba el número de baños de mar o de olas, que siempre debían resultar pares y nunca nones. También se les marcaba las horas del día preferentemente las de la mañana entre las ocho y las doce horas, más tarde resultaba contraproducente. Los médicos eran más laxos con los jóvenes y los hombres, siendo más restrictivos con las señoritas y señoras.

 

El tiempo corría despacio entonces y a las interminables tertulias de los caballeros y a las tediosas visitas de las señoras, se unían los juegos de cartas y también los de dominó. El ir a ver el chinchorro, redes cargadas del más variado pescado, era también un atractivo más de cada día. Los niños jugaban a casi todo, pero era muy usual verlos mariscando o pulpeando, cuando no echando a volar las cometas o a navegar sus barcos de improvisada factura.

 

Recordemos que hasta muy avanzado el siglo la playa no conoció el agua corriente o lo que es lo mismo, la distribución de aguas por tuberías de uso doméstico. Las principales casas de Taliarte y Clavellinas poseían aljibes en donde se guardaban las aguas de lluvia de los inviernos anteriores. La luz eléctrica por inexistente era suplida por luces de carburo, quinqués de petróleo o velas…

 

Coincidiendo con la construcción del muelle de la Fyffer en la parte norte de las arenas de Melenara, diseñado por el ingeniero don Juan de León y Castillo, pero realizado unos años más tarde de su muerte, se establecieron en el lugar numerosas familias de marinos o barqueros, que si bien en un primer momento vivían en la zona conocida por De los Marinos en el barrio de Los Llanos de San Gregorio, aun tiro de piedra del actual parque Franchy Roca, al ser llevados como mano de obra barata a construir el nuevo malecón, se quedaron a vivir definitivamente sobre la parte interior de las arenas de la playa.

 

Allí, con restos de madera, planchas de zinc, más tarde de uralita y toda suerte de elementos constructivos, levantaron un barrial, en donde las estrechas callejuelas, algunas de ellas no superaban los cincuenta centímetros de ancha, iban a dar a una vía principal que recorría el poblado de Norte a Sur por su parte central y, que con socarrona idea, alguien dio en llamar Calle de Triana. Ésta tenía unos cien o ciento cincuenta metros de largo y en su parte más ancha podría contabilizar hasta tres metros. Ni decir tiene que todas las callejuelas del lugar eran de una mezcla entre arena y tierra. Las casas pequeñas en superficie y bajas en altura, las había de no más de veinte metros cuadrados y, las más notables nunca llegaron a pasar de los setenta y cinco metros cuadrados.

 

Tanto en la parte superior del morro de Taliarte, como en las Clavellinas, se asentaron casas de mampostería, muchas de las cuales realizadas por Maestro Pancho Ortega, un célebre constructor que venido de la zona de Guanarteme-El Puerto, se había establecido en Los Llanos de San Gregorio. Allí, en la calle de San José, más tarde Tomás Morales, tuvo su hogar familiar y, en la Barranquera su fábrica de ladrillos y otros elementos constructivos. Fueron señeras algunas edificaciones pertenecientes a la familia de los Álvarez-Amador, los García y otros, todas ellas construidas en las últimas décadas del siglo XIX (Taliarte). Y las de maestro Pancho Ortega, don Fernando Rodríguez, don Francisco Pérez Azofra, don Francisco Artiles, don Ignacio Benítez Negrín, así como las del médico don Federico Betancor y otras, construidas en las dos primeras décadas del XX en los bordes mismos de la meseta de Clavellinas.

 

Junto al muelle frutero de la Fyffer, se construyó un edificio de altura considerable cuya pared norte no era otra que la propia cantera de la cercana montaña de Taliarte. Todavía hoy se puede ver cómo se cortó la ladera de toba volcánica y al extraer los bloques se acrecentó el espacio para edificar el almacén principal, utilizándose todo el material extraído para los muros de la cara Sur-Este y Oeste del propio edificio en cuestión.

 

Años más tarde, una serie de edificaciones se realizaron a lo largo de la calle que recorría la parte norte de la playa y, que desde Telde llegaba a los pies mismos de ese ya mentado varias veces, puerto de la Fyffer.

 

Con posterioridad en la década de los treinta, cuarenta y cincuenta del pasado siglo XX, se levantarían diferentes edificios por la familia Oliva, dueños de la línea de guaguas que cubrían el trayecto: Los Llanos-Callejón de Castillo-La Fonda-El calero-Las Rubiesas-Melenara, y unos años posteriores se acercaban también a Las Clavellinas-Las Salinetas. En este mismo momento muchas familias se asentaron en Las Clavellinas destacando entre otros muchos, don José Betancor Jeréz, don Juan Franco, la familia Zerpa Falcón, los hermanos Francisco, Rafael y José Pérez Blanco, don Antonio Guedes Santos, la familia de exportadores Benítez Galindo y otros muchos.

 

En la década de los sesenta, se edificó muchísimo, tanto en Taliarte como en la propia Melenara y también en la cercana Clavellina. La familia Gómez, dueños de todo el terreno urbanizable en la parte de Melenara-Clavellinas-Las Salinetas, realizaron a finales de los sesenta principios de los setenta la urbanización de la zona de Las Clavellinas, y completaron las de algunos espacios de Melenara. Las calles debidamente trazadas en cuadrículas y asfaltadas, fueron obra de la por entonces recién creada empresa de Construcción Pérez Moreno S.A.

 

Éstas vías no existían muy al principio y cuando existieron, cubrieron su superficie con el negro picón. La familia Betancor Calderín, vendió toda la primera fila costera de Taliarte y la familia Álvarez Monzón urbanizó una amplia zona de Las Salinetas, junto a la antigua fábrica conocida por C.I.N.S.A.

 

Hemos dejado atrás la carretera que el Cabildo de Gran Canaria asfaltara en 1958-59, desde Melenara a ese espacio industrial, que supuso un revulsivo para el poblamiento de la propia Playa de Clavellinas y Las Salinetas. A principio de los años sesenta, más concretamente entre el 1962-65 llegó a toda la zona de veraneo, no así al poblado marinero, el agua corriente y la luz eléctrica, que le quitó encanto a los antiguos quinqués y luces de carburo cuando no de velas, pero hizo más viable la vida cotidiana en esos espacios.

 

También la edificación en los años finales de los cuarenta principios de los cincuenta, de la Iglesia Parroquial del Santo Cura de Ars y Nuestra Señora del Carmen, el surgimiento de la Plaza de la Iglesia Nueva en los años setenta. Tampoco he hablado de la creación por don José Betancor Jerez de un singular espacio de recreo que pronto recibió en nombre popular de Plaza de los Pinos, por haber plantado un buen número de ellos en lo que era simplemente un trozo de tierra baldía. Por aquí el que solo se pasaba cuando se quería descender a la cercana y archiconocida charca de los Pérez.

 

Prometo que, en otro artículo, hablaré con más detenimiento del hoy popular barrio de Las Clavellinas y, lo haré con toda suerte de detalles, puesto que gran parte de mi niñez y juventud la pase en ese lugar, en la casa de mi abuela Lola, junto a mi querida y admirada tía María Salomé Padrón Espinosa.

 

Antonio María González Padrón es licenciado en Historia del Arte, cronista oficial de Telde e Hijo Predilecto de esta ciudad.

Comentar esta noticia

Normas de participación

Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.

Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.

La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad

Normas de Participación

Política de privacidad

Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.221

Todavía no hay comentarios

Quizás también te interese...

Con tu cuenta registrada

Escribe tu correo y te enviaremos un enlace para que escribas una nueva contraseña.