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Árbol bonito de San Francisco (Foto TA) Árbol bonito de San Francisco (Foto TA)

Árboles singulares

direojed Miércoles, 17 de Junio de 2020 Tiempo de lectura:

Desde muy pequeño me han atraído los altos árboles y peñascos de notables dimensiones. Ante ellos, nuestro ser se ha conmovido y nuestra mente fantasiosa ha volado hasta las cúspides de los unos y las cimas de los otros.

 

Recordamos que al pasear por nuestra antigua y noble ciudad o al visitar otras tantas ciudades y villas del Archipiélago, siempre nos fijábamos en aquellos árboles que, arraigados en propiedades públicas o privadas, nos parecían colosos luchando eternamente contra el Alisio. Con respecto a los riscales ¿qué grancanario, que se precie de tal, no ha admirado a los que circundan nuestros numerosos barrancos o se mantienen erguidos sobre las cuencas de las calderas de Tirajana o Tejeda?

 

Nuestra casa familiar se encontraba situada en una calle tan estrecha que familiarmente le llamábamos El Callejón. Algún edil bienintencionado, le puso el nombre de San José y, en una etapa posterior y claramente anticlerical, le cambiaron tal denominación por Tomás Morales. Nuestro padre se reía a mandíbula batiente porque decía que, ni el pobre Patriarca ni mucho menos el poeta, merecían tal agravio.

 

Era tan pequeña la rúa en cuestión, que más que una ofrenda honorífica, parecía un insulto. A un tiro de piedra de nuestra casa natal, cuatro grandes laureles de indias cobijaban bajo sus nutridas copas la Plaza de Los Llanos o de San Gregorio. Allí a diario una docena de limpiabotas mantenían lustrados los calzados de su clientela masculina.

 

Un quiosco inservible por mal diseñado, servía para que la chiquillería lo usara de castillo inexpugnable para sus guerras y dos tenderetes de diferente e igual mal gusto, vendían chucherías y helados. Tal vez, esos árboles fueron los primeros que vi en mi vida, cuando me llevaron a bautizar a la parroquial de San Gregorio Taumaturgo. Debajo de ellos jugábamos a casi todo, pero las más de las veces al teje y los días de fiesta a la sartén tiznada.

 

Cuando contaba tres años de edad, con un baby o cubre polvo de rayas blancas y azules y pantalón corto, me llevaron al cercano colegio de María Auxiliadora, regentado desde 1948 por las Hermanas Salesianas de Don Bosco. No sé si mis recuerdos son del primer día de clase o de otros posteriores que siguieron, pero sí que los guardé en mi mente para que afloraran en varios momentos de mi existencia. Una araucaria de enorme tamaño presidía el amplio patio del colegio y una palmera (planta, que no árbol como bien le gustaba indicar a mi querido y siempre recordado amigo Jaime O’ Shanahan) lanzaba sus frutos desde su alta copa hasta su suelo de damero blanquinegro del pequeño patio de la comunidad.

 

El árbol de las monjas, que así le llamábamos popularmente, era el más alto de todo Telde, punto de referencia para que pequeños y mayores nos pudiéramos situar cuando en La Vega, perdidos entre el platanal, queríamos llegar a casa. Sobre 1960 se hicieron obras de ampliación del colegio y miren por donde a la dirección del mismo se le ocurrió habilitar una clase en pleno patio, a la sombra de la Araucaria, ¡qué felices fuimos!.

 

Cuando el viento soplaba inmisericorde, caían unos apéndices en forma de rabo de lagarto y la chiquillería gritaba ilusionada mientras utilizaban ese trozo de vegetal para castigar al compañero, como si de un látigo se tratara. Fue nuestra araucaria escolar, campanario que marcaba las horas de estudio y recreo, pues a media altura en una de sus ramas se colocó una pequeña campana o campanil que con larga soga se podía tocar desde prácticamente el suelo. ¿Sor (hermana), me deja tocar la campana? Mire que me he portado bien y usted dijo que aquél que se portara mejor en el recreo, sería el llamado a batir el badajo para anunciar el comienzo de las clases.

 

No fue esa gran araucaria la única que tuvo la ciudad, memorizando con mis hermanos y amigos hemos contabilizado más de cincuenta, de las que hoy, desgraciadamente, solo quedan unas diez o doce, nietas o biznietas de aquellas otras.

Don Miguel Medina, notable propietario de tierras en la zona conocida por El Campillo, detrás de la Gota de Leche, entre la calle Ruiz y la bajada de la Planta de la Luz, siendo yo muy pequeño, me comentó que todos los que habían vuelto de Las Américas, los llamados Indianos traían consigo una pequeña araucaria y que tan pronto accedían a tener una propiedad, la plantaban como símbolo de triunfo económico y social.

 

Los vecinos de la Plaza de San Juan o mejor, de La Alameda de San Juan en la Zona Fundacional de nuestra ciudad, conocieron varias araucarias. Una en la propia Plaza, que pronto fue arrancada de cuajo por su excesivo crecimiento, que dañaba sobremanera el pavimento de ese espacio público. Famosa araucaria tuvo el jardín del Hospital de San Pedro Mártir y Santa Rosalía en la calle de La Cruz, hoy Licenciado Calderín. Asimismo, en la Casa-Palacio de los Señores Condes de la Vega Grande de Guadalupe, en el pasado casa familiar de los Ruiz de Vergara, no hubo un solo ejemplar, sino tres y en el llamado Vallecillo de la Fuente u Hoya de San Pedro Mártir de Verona, entre su frondoso palmeral, se levantaba iniesta la araucaria que llamaban de Don Fernando Castro.

 

En las tierras del extinto Convento Franciscano, por encima del Bailadero o Baladero, una hermosa araucaria competía en altura con la propia espadaña de la Iglesia Conventual. Y así, sucesivamente, podíamos ir desgranando la presencia en la ciudad y fuera de ella, de este árbol tan foráneo como nuestro de los tiempos pretéritos. Actualmente y a un tiro de piedra de donde estuvo ésta última araucaria, hoy existe otra plantada hace unos cuarenta años en los jardines de su casa por Don Maximiliam Rhoner y su esposa Doña Nilia Bañares Baudet.

 

Fue esta comarca de Telde, al decir de la inglesa Olivia Stone, un lugar en donde se volcó el carro de la Primavera. La carretera que la trajo de la capital, pasaba por lugares secos y áridos y, aunque Marzagán y Jinámar eran oasis de numerosas palmeras e higueras, sólo dos araucarias habían en el lugar. También tuvo araucaria propia las fincas del Cortijo de San Ignacio, el Morelete, la Vizcaína, La Betancora, Tres Suertes y la de las Cruces, así como la Hoyeta de los Castro, entre otras muchas.

 

Podríamos hablar de palmeras de gran desarrollo, pero son tantas que no podríamos abarcarlas todas, por mucho esfuerzo que hiciéramos, créanme no llegaríamos al uno por ciento. El poeta hablando con su hijo que le preguntó qué era eso tan alto que se movía ligeramente al vaivén de los vientos, echando manos de su imaginación le contestó: hijo mío todos te dirán que son palmeras, pero tú y yo sabemos que son algo más: en verdad son escobas que barren el cielo.

 

Existieron otros espacios públicos en donde estuvo presente, desde el segundo cuarto del siglo XX, el laurel de Indias. Traído a Canarias por la colonia inglesa y tan arraigado entre nosotros, así llamábamos a una especie de ficus gigante. Tanto el parque Franchy Roca, otrora Plaza de Arauz o Parque de León y Joven, existe un paseo central custodiado por estos monumentales árboles que, a diestra y siniestra, intentan ocupar la mayor parte de la superficie abierta.

 

Así mismo sucede con la recoleta Plaza de Doña Rafaela Manrique de Lara, enfrente mismo del antiguo Mercado Municipal y no digamos los famosísimos laureles de la Plaza de San Juan objeto de canto poético del propio Fernando González Rodríguez, quien se lamenta que dicha Alameda no tenga álamos, aunque destaca la belleza de los varios ejemplares de frondosos laureles de india. Otro bello ejemplar de igual tipología lo tenemos en el barrio de San Francisco, concretamente en las confluencias de las Calles Tres Casas, La Fuente, Huerta, San Francisco y Altozano. A ese ejemplar se le conoce popularmente como el Árbol Bonito. Su fuerza y magnitud se debe en parte por estar alimentado por el antiguo cauce subterráneo de la Fuente del Pueblo. Es la cúpula natural y vegetal del popular Mentidero.

 

En la plaza de San Francisco, junto a su Iglesia Conventual de Santa María de la Antigua, un pino marino desubicado hace las delicias del visitante y del estante por igual. Su aspecto algo deteriorado, hace creer a propios y extraños que lleva allí toda la vida, cuando la verdad es que tiene menos de setenta años. En otro artículo hablaremos de los dragos, esos elementos vegetales cuya vinculación con nuestra iconografía insular es tan arraigada que, cuando los vemos pintados en alguna tabla flamenca o reproducido igualmente en algún grabado del gran Durero, sentimos cierto orgullo patrio.

 

Ya sé que muchos comentarán que he olvidado otros árboles de otros lugares del mismo municipio. ¿Acaso no hubo araucarias en Ejido, Valle de los Nueve, Lomo Magullo, El Calero y hasta en Las Salinetas? Pues sí, los hubo, pero el espacio de este artículo no me permitía desgranar la historia de cada uno de ellos, aunque prometo decir algo en un futuro no muy lejano.

 

Antonio María González Padrón es licenciado en Historia del Arte, cronista oficial de Telde e Hijo Predilecto de esta ciudad.

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