La noble y antigua ciudad de Telde ha sido lugar de diferentes experimentos sociales. De tal forma y manera que, si analizáramos la Historia General de Canarias y la muy particular historia de nuestra ciudad, daríamos la razón a aquellos que ven en esta urbe grancanaria una adelantada de los más variados movimientos políticos-económicos y sociales, que se han dado en el devenir de los tiempos en nuestra Isla y en todo el Archipiélago.
Fue Telde la primera ciudad europea de ésta parte del Atlántico, fundada a principios de la segunda mitad del siglo XIV por frailes y comerciantes aragoneses-catalanes-mallorquines, ha sido también la primera Sede Episcopal de Las Afortunadas. Años más tarde y ya iniciándose el siglo XV, vio entrar a las tropas normandas de Jean de Bethencourt por su playa de Gando, aunque poco les valió a éste, al ser ferozmente rechazados por los canarii, que regaron aquellas rubias arenas con la sangre del invasor.
Así mismo al desembarcar las tropas castellanas en la playa de Santa Catalina, en el hoy territorio urbano de Las Palmas de Gran Canaria, a donde primero quisieron dirigirse fue a Telde, por ser ésta uno de los dos núcleos más habitados de la Gran Canaria. Ya en a finales del siglo XV y muy principios del XVI, aquí en la Vega Mayor se cultivaron las primeras cañas de azúcar y se levantaron los primeros siete u ocho ingenios azucareros. Pasado el tiempo, nuestra comarca se vio favorecida por el cultivo de la vid, tomando entonces delantera en cantidad y calidad a otros caldos insulares. Nuestro particular clima hizo que, llegado el siglo XIX, la cochinilla naciera sobre los nopales, que por aquí y por allá, invadieron campos y barrancos. Nuestra Vega, fértil como ninguna, fue de las primeras en el cultivo de la platanera y en un lugar recóndito, llamado El Mayorazgo de Tara, un inglés apellidado Blisse, plantó por primera vez el tomate, que tanto juego económico iba a darnos a lo largo del siglo XX.
Y llegados a este punto, ustedes se preguntarán ¿Y qué tiene que ver todo este alegato con el título inicial del presente artículo? Pues yo les explicaré que, con las palabras previas, he querido ilustrar cómo la sociedad teldense ha sido capaz de adelantarse en años a cualquier experiencia económica, social y cultural que se diera en el Archipiélago. Espero haberlo conseguido.
A principios de la primera década del siglo XX, el poeta y dramaturgo teldense Montiano Placeres Torón (1885-1938) alentó a varios jóvenes paisanos a mantener una tertulia literaria y, alguna que otra vez política, en su propio hogar familiar de la antes calle Real, hoy León y Castillo, del barrio de San Juan. Allí a partir de las cinco de la tarde y tras un buchito de café, se leían y se comentaban poesías, novelas y ensayos. De vez en cuando, también se hacían eco de cartas de otros escritores, tales como: Lorca, Antonio Machado, Villaespesa y, sobre todo, del gran Juan Ramón Jiménez, tan admirado como querido por esto lares.
Queriendo don Montiano ser autónomo a la hora de llevar a las tablas sus obras de dramaturgia, se hizo con un elenco de jóvenes aficionados al teatro, entre los que destacaban las hermanas De la Vega (Antonia y Emilia), los también hermanos Guedes Santos (Antonio y Braulio), Luis Báez Mayor y Patricio Pérez Moreno, estos dos últimos también poetas. Y algún que otro esporádico colaborador. Con todos ellos creó la Agrupación Teatral Teldense, que representó numerosas obras de los hermanos Álvarez Quintero, alguna otra de Galdós y no pocas de los llamados “clásicos españoles”: Calderón de la Barca y Lope de Vega.
Fue en el teatro Pérez Galdós de Las Palmas de Gran Canaria, recién inaugurado y en los salones del antiguo casino La Unión, por entonces en la calle de Los Baluartes, hoy Pérez Galdós de Telde, en donde esos jóvenes cargados de ilusión mostraron sus dotes artísticas y recibieron los más calurosos aplausos.
En ese momento, nuestra siempre carencial sociedad veía como se desperdiciaban sus mejores talentos, pues ni los más inteligentes y mejor preparados de la sociedad podían desarrollar los mismos en éstas aisladas islas. De ahí que un prestigioso industrial teldense, el señor don Manuel Hernández Artiles, amigo desde la niñez de Montiano Placeres Torón, se confabulara con éste para en un solar de su propiedad, situado en la vía urbana conocida por El Molinete o Del molinete, erigir un teatro. Al querer elegir nombre para tal establecimiento y queriendo marcar diferencias, sobre todo posicionamiento ideológico, se eligió el controvertido título de una obra galdosiana, que en el momento mismo de su presentación hizo tambalear los cimientos de la sociedad española: Electra. Si Galdós nos presentaba con toda sutileza, pero firme relato, un incesto; para Montiano y para don Manuel que su recién estrenado teatro se llamara Electra significara decir en voz alta ¡aquí estamos libres de todo prejuicio!.
Este teatro no fue el primero que tuvo Telde, pues bajo la carpa del célebre Circo Alemán se representaron no pocas obras. Pero sí fue el que, de manera continuada, más años duró. Al estallar la guerra civil (18 de julio de 1936) ese teatro fue de los primeros espacios públicos clausurados. Después, comenzando la década de los cincuenta del pasado siglo y gracias a la espléndida donación de la familia Ascanio-Manrique de Lara, el Ayuntamiento de la ciudad comenzó las obras de un nuevo espacio cultural que, según nuestro alcalde de entonces, se llamaría en un futuro Teatro Cervantes.
Situado al oeste de la hoy plaza de doña Rafaela Manrique de Lara, tenía una amplitud nada desdeñable, pero por eso mismo y por los pocos dineros que siempre ha tenido nuestra corporación para la cultura quedó en cimientos y desnudas paredes, hasta que pasó a ser propiedad privada de los hermanos don Benito y don Narciso González Brito, quienes a su vez lo vendieron a una constructora insular. En dicho lugar hoy se erige un complejo comercial y de viviendas unifamiliares llamado Edificio Albert.
Debemos ponderar el sacrificio económico y también social, que en su momento realizara don Manuel Hernández Artiles, destinado a dotar a su ciudad natal de un teatro en toda regla. Ese altruismo no ha sido jamás compensado y desde aquí pido que, en algún momento, nuestros ediles recuerden a este noble ciudadano nominándole un espacio público. Es de justicia agradecerle, aunque sea ahora o en el futuro, lo que hace casi cien años hizo por Telde y, por ende, por todos y cada uno de los teldenses.
La filantropía no es del común denominador en nuestra clase empresarial, ni antes, ni ahora, por eso sería plausible que acciones como las del señor Hernández Artiles se pusieran como ejemplo de digno proceder. Terminemos estas palabras con otras del no menos benefactor de la ciudad y de la isla, don Fernando León y Castillo ¡Gloria Eterna para aquellos que anteponen el bien común a los suyos propios!
Antonio María González Padrón es licenciado en Historia del Arte, cronista oficial de Telde e Hijo Predilecto de esta ciudad.

























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