Hace más de treinta y cinco años, el Ayuntamiento de la ciudad de Telde, promovió un estudio pormenorizado de la arquitectura y el urbanismo del Conjunto Histórico Artístico de San Juan y San Francisco.
Como consecuencia del mismo se redactaría con posterioridad el llamado P.E.R.I. (Plan Especial de Reforma Interior). Para el avispado lector sólo el nombre de tal proyecto lo debiera dejar helado. Y así fue para buena parte de la ciudadanía.
Pero en honor a la verdad y sin que la falsa modestia nos lo impida, existieron dos jóvenes que llevaron a cabo la lucha por la defensa de nuestro Patrimonio Arquitectónico y Urbanístico. Recibiendo por parte de un político local el calificativo común de histéricos-artísticos. Uno de ellos, Carmelo José Ojeda Rodríguez, recién licenciado en Geografía e Historia y especialista en Geografía. Y el otro, Antonio María González Padrón, también recién licenciado en la misma carrera universitaria, pero especialista en Historia del Arte.
Ríos de tinta corrieron por periódicos y revistas regionales, insulares y locales, a la vez que se abría también un frente similar en los medios radiofónicos y audiovisuales. La defensa a ultranza de nuestros valores patrimoniales y la respuesta negativa de los entes públicos locales nos hacía augurar un futuro nefasto de desarrollismo especulativo de enorme repercusión en el entorno fundacional de nuestra antigua y singular ciudad.
Pasados los años hemos asistido a la construcción de al menos cuatro edificios, en donde hasta hace poco tiempo existían otras tantas huertas-jardín. Tres de ellas en el barrio de San Francisco y una en su homónimo de San Juan. En aquel entonces reseñábamos como los redactores del Plan solo reservaban la máxima protección para un número escaso de edificios cívicos-religiosos, pero olvidando total e intencionadamente los llamados espacios libres o abiertos, cuya naturaleza no era tal porque desde siempre (a partir de la segunda fundación de nuestra ciudad en 1483) se utilizaban, unos como huertas urbanas y, otros como jardines privados.
En aquel momento no se nos hizo caso y con el tiempo se ha visto cumplido con creces nuestro vaticinio. Las huertas y jardines han sido mermadas, cuando no borradas del mapa, en pro de convertirlas en meros solares edificables. Así, el binomio que espacios construidos y zonas verdes, que tan bien caracterizaban a nuestra antigua urbe, se fue diluyendo paulatinamente y con ellos la fisionomía tradicional de la misma.
El segundo hachazo fueron ciertas normas urbanísticas, totalmente descabelladas como fue el abandono, a su suerte o desgracia, de los patios interiores, hoy techados o transformados en su mayoría. Igual suerte correrían las nuevas azoteas edificadas, a las que se les niega cualquier valor social.
Nos explicamos. No es cierto, y volvemos a repetirlo por enésima vez, que la azotea o techumbre plana sea de menor antigüedad que la de tejado, sea ésta a dos, tres o cuatro aguas. En este museo al aire libre de arquitectura popular llamado San Francisco, otrora Altozano de Santa María de La Antigua, existen construcciones de todos los siglos de la Postconquista Castellana y ahí podemos comprobar cómo azoteas de terraza o planas y cubierta de tejas conviven de manera armónica, desde un principio.
No sé de dónde se sacó entonces que se debía abolir, por norma urbanística, la utilización social de las azoteas, obligando a su desaparición en pro de los inaccesibles tejados. Preguntados los redactores del Plan y los políticos de turno, se jactaron en contestar que era la única manera de disuadir al ciudadano a convertir esos espacios en campamentos improvisados con habitaciones autoconstruidas y, por tanto, ilegales.
Hagamos un poco de Historia. Nuestra arquitectura tradicional sienta sus bases en lo que hemos dado en llamar mudejarismo arquitectónico, lo que no deja de ser un concepto, si no totalmente erróneo, sí impreciso. Convengamos en que fueron los árabes asentados en la Península Ibérica los que popularizaron unas formas constructivas, hoy muy común entre los pueblos hispanos de ésta y otra orilla atlántica, con presencia en el Golfo de Guinea y en el extenso Archipiélago Filipino. Pero antes que los árabes, los mesopotámicos, los egipcios, los griegos, los fenicios y los romanos…. Y en general todos los pueblos que habitaron la cuenca del Mediterráneo, fueron deudores de formas ancestrales de edificar y distribuir los edificios destinados a las más diversas funciones.
Pongamos como ejemplo las casas surgidas de las ruinas de Pompeya y Herculano, todas ellas poseen un esquema común, similar, si no idéntico. El núcleo principal de una domus o casa romana es el patio, conocido como Impluvium (palabra que significa, donde van a parar las aguas). Alrededor de este espacio al aire libre, se desarrolla la galería cubierta y tras ella, protegidas de los fuertes rayos solares, puertas y ventanas se abren para dar accesibilidad y luz a las diferentes habitaciones o dependencias domésticas.
En unos países de clima variable, como son todos aquellos ribereños al Mediterráneo, no es de extrañar que los patios funcionen como elemento dulcificador de las altas temperaturas estivales. Esos espacios rectangulares o cuadrangulares poseían, en el mayor número de casos, un brocal de aljibe o fuente en su parte central y, alrededor de la misma o en la parte colindante del patio con la galería, parterres y macetas que llenaban de verdor y humedad refrescante todo el lugar.
Era el patio lugar de juegos infantiles, atenciones a visitas sociales, lugar de lectura y de otros muchos trabajos domésticos cotidianos tales como: hilar, coser, tejer, etc. Como cantan los antiguos poetas, el patio era lugar de recreo, paz y sosiego en medio del hogar.
Las azoteas no le iban a la zaga a los patios, pues eran también lugar de juego y reunión para los moradores, pequeños y adultos. Que en este lugar de esparcimiento aprovechaban para tener simulados jardines o huertos en parterres o macetas y maceteros.
En las azoteas se tendía al sol la ropa para su secado y los tejidos alba para su blanqueo. No en pocos hogares se utilizaba la azotea a falta de otros espacios para el cultivo de las llamadas plantas aromáticas y especias, tales como: la albahaca, el perejil, el hierbahuerto u hortelana, el cilantro, el romero… Y cómo no, sirvió la azotea como granja improvisada y cercana, en donde se podía tener alguna cabra, gallinas, conejos, palomas… a manera de pequeño Arca de Noé.
En una sociedad carencial como fue la nuestra en siglos pasados, poseer todo eso de puertas para adentro era sinónimo de supervivencia garantizada. De ahí el alto valor etnográfico de esas dos piezas esenciales de nuestras casas-hogares: el patio y la azotea.
Medidas higiénico-sanitarias con las que estamos totalmente de acuerdo, no permiten, hoy en día, la cría de aquellos animales domésticos, que acarreaban: pulgas, garrapatas, piojos, etc., de muy difícil control, por mucho baldeo con zotal que hiciéramos. Muy diferente sería la abolición de la presencia de las diferentes plantas herbáceas o no, sí tienen razón de ser en nuestras azoteas. El clavel, el geranio, la estefanota, el jazmín, la madreselva, las calas, las hortensias, los gladiolos, los pequeños árboles de pampadur, las lenguas de tigre, las malasmadres, y hasta las parras, etc., forman parte de nuestra iconografía botánica familiar.
Desde aquí reclamamos la reutilización de las azoteas como lugar de esparcimiento y recreo de los habitantes de nuestra ciudad.
Terminemos este deambular por nuestra historia arquitectónica más pretérita e inmediata con los versos, que un día un joven escribió para rememorar el hermoso y entrañable patio-huerta-jardín del Palacio de Dueñas, perteneciente a la Casa de Alba, en el corazón mismo de la Sevilla inmortal.
Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla,
y un huerto claro donde madura el limonero;
mi juventud, veinte años en tierras de Castilla;
mi historia, algunos casos que recordar no quiero. (…)
(Fragmento de Recuerdos de un patio de Sevilla) Antonio Machado, 1906
Antonio María González Padrón es licenciado en Historia del Arte, cronista oficial de Telde e Hijo Predilecto de esta ciudad.

























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